Relatos PECULiares (3ª parte)

Posted on: March 2, 2010
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Tercera entrega de nuestras queridas pequeñas historias. En ésta ocasión os traemos Sábado noche, ceno fuera un relato intrigante y con un final sorprendente, perteneciente a los ya conocidos Relatos cortos, minúsculos e inexistentes. Desde Pecula.com deseamos que os guste.

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Sábado noche, ceno fuera.

Eran las diez de la noche, y cómo cada sábado esperaba a mi pareja para salir a cenar juntos. La esperaba dentro del coche, cómo siempre. El calor del exterior lo atenuaba el aire acondicionado e intentaba distraerme escuchando la emisora de radio local. Ella salió del portal de su casa y con toda naturalidad picó en el cristal, me sonrió, y entró en el automóvil. Me besó rápida y fríamente, preguntó dónde la llevaría a cenar y dejó el bolso en el asiento trasero. Todo era cómo debía ser, sin duda.

Ya de camino al restaurante me explicó varios cotilleos poco interesantes, yo decidí callar y dedicar mi atención a encontrar un aparcamiento mientras con la cabeza afirmaba o negaba lo que ella iba diciendo. Tuvimos fortuna y no tardé en encontrar un hueco bastante interesante dos calles más allá de la puerta del local. Puse el freno de mano, me giré hacia atrás y cogí el bolso, se lo di y abrimos las puertas al unísono. Última comprobación de que todo estaba en orden y nos dirigimos hacia el restaurante. Le abrí la puerta y dejé que entrara primero, luego entré yo acompañándola desde atrás con mi mano en su espalda.

Un atento camarero nos preguntó si queríamos cenar y ante tal pregunta, estúpida y típica, sólo pude hacer un gesto afirmativo con la cabeza, nos acompañó hasta una mesa al lado de la pared y allí nos dejó con las cartas de la comida abiertas y esperando para ser leídas. Nos sentamos, nos miramos, otra sonrisa desangelada y la pregunta que más me gustaba: – “¿qué vas a cenar?”-. No le contesté, simplemente le señalé mi elección, y ella asintió con cortés gesto. Volvió el camarero y nos tomó nota. Ella se acercó a mi y susurrándome dijo que iba al baño, que volvía enseguida. Se levantó lentamente y casi sin hacer ruido se dirigió al camarero para preguntarle dónde estaban los servicios. En ese momento de soledad, me dediqué a observar a los demás clientes que sentados en sus mesas, hablaban, reían y parecían felices compartiendo su tiempo juntos. Hasta que mi vista tropezó en una mesa dónde, tres chicas comían con serio gesto. Encendí un cigarro y las miré de nuevo, las tres eran muy parecidas, rondarían los veinticinco años, dos de ellas hablaban y una tercera se mostraba apartada, cómo ausente, de repente dejó de comer y cruzó la vista conmigo, aparté la vista de golpe, sorprendido y un poco avergonzado. Di otra calada al cigarro y entonces de reojo vi cómo aquella chica se levantaba y se dirigía hacia mi. Realmente era guapa, aniñada, con la cara redonda, el pelo recogido y negro cómo azabache.

-“Perdona, ¿me das fuego?”- me dijo con una extraña sonrisa, le respondí que si, y le ofrecí el mechero. Encendió un cigarrillo negro y me lo devolvió suavemente. Me sentí incómodo y no supe por qué. De golpe parecía que habían pasado horas y no escasos minutos. Estaba un poco desorientado.
Mi pareja volvió, el camarero trajo los platos y empezamos a cenar. De golpe me dí cuenta que la pata de la mesa bailaba y el vino cayó sin remedio sobre el vestido de ella, se enfadó y con razón, pidió al camarero que nos cambiara de mesa, yo estuve de acuerdo. El camarero sonrojado y un poco nervioso no puso ninguna pega y rápidamente nos movió de lugar, disculpándose y explicándonos que la casa nos invitaba al vino y a los postres, esto pareció gustar a mi pareja.

La casualidad hizo que nos sentaran junto la mesa de las tres chicas que antes estaba observando. Mientras ella fue al baño a limpiarse la gran mancha de vino volví a quedar sólo, y a mi lado tenia a aquella chica extraña y que me hacía sentir un tanto incómodo. Súbitamente, sentí que me dirigía la palabra, -“perdona, ¿me dejarías de nuevo el mechero?”- no podía decirle que no, aunque no se porqué lo hubiera hecho, -“claro, aquí tienes”- le contesté. La chica cogió el mechero y volvió a encender otro cigarro, las otras dos chicas seguían hablando entre ellas. Esta vez no me devolvió el mechero. De golpe vi que lo tiraba encima de mi mesa, y  rió, el gesto no me sentó bien y le reproché su actitud, entonces la joven, cambió el rictus de su cara, y aún más sonriente me dijo que quién era yo para decirle eso. He de reconocer que me quedé de piedra, nunca hubiera pensado que me contestarían así. Ella volvió, siguió comiendo como si nada, parecía que ni yo existía ya. Mientras, la chica, me volvía a interrumpir, -“oye, perdona por lo de antes”- sus palabras sonaban sinceras y con una sonrisa de circunstancias le dije que no pasaba nada, que no había ningún problema. No sabría explicar las sensaciones que pasaron por mi mente y por mi piel en aquellos instantes, parecía que sólo estuviéramos aquella chica y yo en el local. Me acongojé un poco.Pareció que sentía mi miedo, y con toda naturalidad me preguntó que qué pasaba, fui sincero, no entiendo por qué, al fin y al cabo era una extraña, y la situación era lo bastante surrealista cómo para darle más vueltas.
-“Mira, no sé pero me das cierto miedo, ya se que no es una respuesta normal, pero así lo veo”- ella rió, la verdad es que aquella risa, inocente en apariencia, erizó todo el vello de mi cuerpo.
-“Me caes bien”- apuntilló ella, -“creo que la primera sensación que me has dado era equivocada, creo que seremos amigos”. No podía creer lo que oía.
El tiempo seguía parado alrededor nuestro. He de reconocer que cuanto más hablaba con ella, más me atraía y menos miedo sentía. Me fijaba en ella, pude notar cómo el corazón se aceleraba, sentía una excitación que me molestaba sobremanera, tenía a mi pareja al lado, pero parecía moverme el instinto. La chica se levantó, me sonrió y me dijo que me levantara con ella, que nadie no repararía en nuestra ausencia.

Salimos a la calle, todo parecía tranquilo, y me hizo sentar en un banco, al lado de mi coche, me cogió la mano, hablamos durante horas creo, y cada vez la atracción que sentía por ella era mayor. Me miraba con ojos de deseo, no creía lo que estaba pasando. Quería besarla, tocarla, hacerle el amor, y me sentía confuso. Bajó la vista y sonrió. Entonces me miró, su mirada demostraba una edad que no se correspondía con su físico, joven y terso. Había en ella algo antiguo, sin edad. Me dijo:
-“Ahora que me conoces, puedo decirte que soy, ahora que me deseas, puedo confesarte mi verdad, ahora que darías tu vida por mi, lo harás. Toma mi vida y dame la tuya. Hazme tuya y tu serás mío”.

La cogí entre mis brazos, ajeno a sus palabras, el néctar que salía de su boca me emborrachaba y al besarla, al besarla sentí la verdad. Le di mi vida, pero algo que no la tiene, no puede darte la suya. Entonces vi a mi pareja, llorando, desconsolada, creía que me había visto besar a aquella joven, fui hacia ella y entonces lo comprendí todo, me vi, en el suelo, pálido, sin vida.

Ahora estoy sólo, más sólo que antes, mi chica preferida trabaja mucho, y aunque me quiere con locura, no puede dejar de lado su trabajo, la Muerte.

Relatos Cortos, minúsculos e inexistentes.

Gerard Clos  2003 ©

 



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One Response to “Relatos PECULiares (3ª parte)”

  1. JohnLBA Says:

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